domingo, 22 de enero de 2017

Buscando a Gastón, de Carlos Alvarado-Larroucau



Gastón de Buenos Aires, un chico como cualquier otro, pero este se parecía al actor americano Dante Basco. Una noche de verano, él conoció una chica en un boliche. Se dieron cita durante toda una semana.

Una tarde, al caer el sol, Gastón la acompañó a su casa, frente al parque Las Heras. Gastón se fue quedando y quedando, noche tras noche, en el pequeño departamento. Ella le dió las llaves y comenzaron un apasionado romance.

Ella vió que el documento de identidad de Gastón estaba repasado, sobre escrito; creía no conocer el verdadero nombre de su hombre. Cuantos más regalos él le hacía, ella más desconfiaba. Gastón estaba desempleado y esto no mejoraba su imagen. Para ella el cariño crecía junto al recelo. Eran tan jóvenes que el diálogo de lo importante era siempre aplazado. Ella lo amaba y estaba segura que él también la amaba. Gastón la observaba y la complacía en todo, él nunca necesitó preguntarle lo qué le gustaba; conocía con precisión lo que ella adoraba. Él simple y dócilmente se aplicaba a complacerla. Para él la relación se resumía en amor y placer. Gastón, aunque nunca asumió haber fijado allí domicilio se quedó, como un animal desamparado que ha encontrado cariño, refugio y comida.

Una noche regresando cansada del trabajo, al cruzar el parque lo vio junto a otra. Ellos parecían salir de su casa, de su propia casa. Ella creyó en lo que veía. Se cruzaron los tres. Él le presentó esa otra mujer, y no se quedó con su amada. Sin explicaciones, los sospechosos se fueron juntos como extraños en la noche, remontando la avenida ya desierta. Una luz dorada se prendía y se apagaba con la sombra de un árbol que el viento frío despeinaba. La novia despechada regresó precipitadamente a la casa, a oler las almohadas, todo estaba en orden, limpio y paralizado. Bajo su almohadón una tierna nota de Gastón. Ella lloró. Esa fue la gota de agua que al destemplar el vidrio quebró la lámpara encendida. La casa quedó a oscuras.

A la mañana siguiente, ella cambió la cerradura. Por la tarde Gastón le pidió explicaciones. Ella no le dijo nada, sólo le pidió que se fuera y no regresara. Tal vez también y con tono hiriente, le dijo que aun no estaba preparada para convivir con él. Gastón bajó la cabeza se fue y no regresó. Desde ese entonces ya han pasado más de veinte años, ella aun lo busca para pedirle explicaciones, para entablar el diálogo nunca iniciado. Ella ha comprendido que no existe el olvido, sólo el suspenso.

Todas las tardes, ella se sienta junto a su hijo en el parque, como esperando. Tal vez con el íntimo deseo de querer generar un último hechizo, convoca a Gastón restregando el dólar de plata de 1883 que él le regaló en la primera cita. En silencio, desespera, no sabe cómo buscarlo... ella cree que el nombre de su amante no era Gastón y que aquel documento, verdaderamente, estaba adulterado.


©Carlos Alvarado-Larroucau

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